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Cuento No. 28:"Magos y reyes"

Ornoelli era una bruja. De las peores, había aprendido sus artes con un tal Frentaccio, un mago de la corte. La bruja practicaba en el bosque, con los animales, los convertía en piedras, en estatuas, en agua, y a otros los transformaba en sapos.

Ornoelli se enamoró un día de un príncipe que pasaba por el bosque: sir Clerk De Grount. El príncipe era alto, apuesto, e inteligente; sin embargo, no se sentía atraído por la bruja. 

Un día, la bruja preparó un brebaje y se lo suministró al príncipe a través de engaños. El joven sintió una extraña atracción hacia Ornoelli,  no era amor, no era odio, pero por alguna extraña razón no podía dejar de pensar en ella, y en estar al lado de la mujer. 

La bruja vivía en una cueva, en el bosque, allí organizó todo convenientemente para vivir con el príncipe. Los aldeanos le tenían miedo a Ornoelli, y también al príncipe,  quien, desde que vivía con la bruja había adquirido una expresión agria y terrorífica en su rostro. 

El príncipe asolaba a los pocos habitantes del bosque, les exigía darle alimentos, vino y ropa. Un día, uno de los aldeanos, llamado Migorio se enfrentó al príncipe, y lo derrotó en un duelo con espada. El príncipe murió. 

La bruja Ornoelli se vengó de los aldeanos, los convirtió en cerdos, y se los comió a todos. El bosque era un lugar lúgubre y espantoso, nadie osaba penetrar en él. 

El hermano del príncipe De Grount, llamado Clire, decidió buscar a su familiar, y entró en los dominios de la bruja. La mujer sabía que si Clire se enteraba de la verdad podría ser su  perdición. Ella se transformó en una bella mujer y lo sedujo. Clire también cayó víctima de la bruja, y convivió con ella durante varios años.

Clire supo la verdad por boca de la misma Ornoelli, y trató de huir, sin embargo, lo bruja lo hizo su prisionero. 

La bruja se había envejecido, sus poderes habían disminuido, así que decidió acabar con Clire. Lo llevó hasta un abismo, y justo cuando lo iba a tirar al vacío una flecha le atravesó el cuello a la bruja, y la mató. 

Penbren había salvado a su hermano. La bruja quedó tirada en el piso con su cuello borboteando sangre. Los dos hermanos se abrazaron y volvieron a su reino.   

Clire, sin embargo, había aprendido varios encantamientos que había visto hacer a la bruja, y como su padre había preferido coronar a Penbren como rey, decidió acabar con la vida del nuevo monarca.

Penbren amaneció muerto un día, y como ya había muerto el padre de Clire y de su hermano, el trono lo asumió Clire.

Clire fue un rey maligno, exigía impuestos desorbitantes a los ciudadanos, y construyó un nuevo palacio enorme, mientras que la gente se moría de hambre.

Clire volvió al bosque donde estuvo prisionero, y descubrió la cueva de la bruja. También encontró varios libros con encantamientos y embrujos, los cuales utilizó para mantenerse en el poder.

Un día llegó al reino un mago blanco llamado Ozzpior, era muy anciano, y vestía como un mendigo. Nadie sabía que era un mago.

Ozzpior se dio cuenta de las actividades del rey maligno, y decidió visitarlo en su enorme palacio. 

Clire su burló del anciano, de sus ropas y de su aspecto. Sin embargo, Ozzpior le lanzó un reto al monarca: construir un palacio más grande y más fastuoso. 

El rey aceptó el reto y ordenó subir mucho más los impuestos para poder construir el otro palacio. Todas las riquezas del reino se utilizaron para levantar el nuevo castillo. 

Ozzpior observó con paciencia la actividad frenética del rey. Se acabó la comida, y todos los demás recursos empezaron a escasear. La pobreza llegó al reino de manera contundente.

El rey llamó al mago blanco para mostrarle el nuevo palacio, Ozzpior no se conmovió. Le lanzó un nuevo un nuevo reto al monarca: invitar a diez mil personas a un banquete. El monarca accedió, sin embargo, no encontró ni comida ni bebida para todas esa gente.

Ozzpior le reclamó al rey la victoria, pero Clire lo mandó detener. La gente estaba enfurecida con el rey, se había acabado todo. 

Ozzpior fue sentenciado a muerte. Sin embargo, era tal el descontento de los pobladores del reino con Clire, que nadie quería obedecer sus órdenes, y el mago fue puesto en libertad. Clire se quedó solo en su enorme palacio. 

La gente nombró por votación a un nuevo gobernante: Ozzpior. El decidió detener a Clire, y ordenó vender todo lo que había en los palacios para conseguir recursos en otros reinos.

El dinero recogido por Ozzpior fue utilizado para dar de comer a las gentes del reino. 

El mago se convirtió en rey, Clire fue expulsado a tierras lejanas, y el país prosperó.

FIN

Cuento Zen Franciscano No. 8

Un estudiante le preguntó a su maestro: ¿Por qué el agua moja? El maestro se quedó pensando durante varios segundos, después empezó a llorar, el alumno se angustió mucho pero no pudo contener el llanto del profesor, después de varios minutos el alumno le volvió a preguntar a su profesor: ¿Por qué lloraba maestro? El profesor se secó las lágrimas y le dijo a su alumno: "Lloro porque mi ignorancia es tan grande que ni siquiera sé lo que tú preguntas, y yo pensaba que sabía demasiado".

Cuento No. 25: "El guerrero Sandd"

Era una noche oscura, un hombre vigilaba la entrada de hierro de una casa. Sólo se oían los ruidos que producían las hojas secas al ser removidas por el viento. De pronto, un golpe, un fuerte golpe le fue asestado al vigilante. Cayó al piso.

Un hombre saltó por la entrada, ágilmente remontó un camino de piedra hasta llegar a la mansión.

El lugar sí estaba iluminado, el hombre penetró por una de las ventanas del segundo piso, y llegó a un cuarto que parecía ser la biblioteca.

Abrió un cajón, de donde sacó una llave, introdujo el objeto en una caja de metal que se encontraba en el piso. Oro, lingotes de oro estaban allí. El hombre los metió en una bolsa, pero, cuando se proponía atrapar el último lingote un disparo le atravesó el cráneo, y cayó en el suelo como el portero que minutos antes había herido.

El barón Sandd constató que el hombre estaba muerto, sacó los lingotes de oro de la bolsa y los volvió a introducir en la caja. Llamó a la policía.

No pudo dormir esa noche, era la segunda vez que trataban de robar su casa, era inaudito. Fue a la cocina para preparar un jugo, volvió a su cuarto. Era imposible, el insomnio lo había capturado, sobre su mesa de noche había un libro, eran poemas. Prendió la lámpara, y abrió el libro al azar.

"Una noche apacible de amor,
dos amantes se persiguen, porque
como en el amor y en la batalla hay pasión.
El temor es enorme, pero es duradero,
una imposibilidad siempre es segura.

Las lunas azules que brillan en tu imaginación,
unos guerreros luchan por su amor. Una guerra
se combate en el corazón, y sí, todo es posible..."

El barón Sandd cerró el libro, estaba solo, en una enorme mansión, tomó un poco de jugo, y se durmió.

Al otro día volvió a su trabajo, en un banco, él era el dueño. Tuvo algunas citas, un almuerzo, una cena, y volvió a su casa, solo, como siempre, o eso creía él.

Fin

Cuento No. 24: "La guerrera Irei"

- No te dejes llevar por la melancolía Irei - dijo su madre.

Las hojas de los árboles adornaban el patio trasero de la casa en un otoño casual. Irei estaba triste por la partida de su amante Kuz a la guerra.

- No debes deprimirte, él estará bien - insistía la anciana progenitora.

Mientras tanto el perro Obborl jugaba con un pájaro sobre las hojas muertas de los árboles. El viento era cálido, y las dos mujeres trabajaban en un tapete encargado por el señor Muzerieto.

-¡ Vamos canta Irei !

Una tonada invadió el lugar, la vieja radio un poco desintonizada emitía las notas de una canción popular.

"Musa de oriente, musa de occidente,
deja tu rostro de flores amargas,
y vuelve a tu pesar de rosa golondrina,
y canta a tu lado, canta destrozado..."

Una canción que detestaba Irei, por eso puso mayor atención en el tejido, mientras que Obborl veía con pesar cómo se elevaba su compañero de juegos. La madre tarareaba la melodía, movía los pies y las manos, a Irei le dio susto, podría hacerse daño con las agujas.

El señor Muzerieto era inmensamente rico, la economía del lugar dependía de él. Compraba de todo, y no sólo para él sino para sus cuatro hijos y sus tres hijas también.

Kuz se había ido a la guerra hacía dos días, llevaba un rifle, una cantimplora, cartuchos, una manta, y dos latas de atún. Kuz era valiente, pero iba a la guerra para demostrar hombría, para demostrarse a sí mismo que era alguien.

Irei y Kuz se habían conocido en un baile, a él le encantaba la música y se había enamorado de Irei por la forma como se movía, por sus ritmos y sus ademanes. Se iban a casar a pesar de su juventud, ambos estaban enamorados.

Cuando las dos mujeres cosían, llegó Muzerieto, él era alto, y siempre vestía de traje y corbata.

-¿ Cómo va mi tapete? - preguntó él, divertido.

La madre de Irei no respondió nada, era inusual que los clientes preguntaran por un trabajo a medio hacer.

- Todo está bien señor Muzerieto - asintió la joven.

El hombre, de traje y corbata, percibió el malestar de la anciana, por eso tomó sus cosas y se marchó, se despidió con una leve reverencia.

Irei volvió a sus pensamientos, mientras Obborl se echaba a sus pies. ¿Dónde estaría Kuz? ¿Seguiría con vida? ¿La habría olvidado?

La madre de Irei trató de decirle algo a su hija, pero se contuvo, a cambio de esto prosiguió con el tejido.

-"¡Noticia de última hora!"- anunció la radio.- "¡La guerra ha acabado, los japoneses se han rendido!".

La joven no lo podía creer, su amado podría volver al hogar, ella bailó, jugó con Obborl, y sonrió. Su madre agradeció al cielo por la noticia, ahora su hija podría coser con más alegría.

FIN

Por Francisco Bermúdez Guerra.
Escrito el 29 de noviembre de 2.010.
All rights reserved. 

Cuento No. 23: "El guerrero Makeeii"

En el mar, el guerrero navegaba con su buque, había perdido un ojo en una batalla. Cincuenta marinos lo acompañaban, el más fiero de todos era John Kibb, su segundo al mano. Eran piratas, debían atacar a todo barco español por orden del rey.

- La lluvia es intensa capitán - dijo Kibb observando a Makeeii con sus enormes ojos azules.

- No lo suficiente John, no te preocupes - Makeeii dijo esto y volvió a su camarote.

Makeeii le servía al rey de Inglaterra, pero su  corazón estaba en el oro. En el recorrido hasta la isla de la flor morada podían toparse con barcos españoles, no era problema, sus cañones eran potentes y podrían enfrentarse contra cualquier barco que se les cruzara.

En la cama, Makeeii descansó un poco, leyó unas cartas de su familia y se durmió.

Despertó al oír un fuerte estruendo, un barco español los había atacado. Los cañones retumbaban, se preparaban para ser abordados. En pocos minutos desembarcaron varios espadachines en el buque inglés, eran más de cien, las fuerzas eran desiguales.

A pesar del esfuerzo que hizo Makeeii para defender el buque, la fuerza española era intensa, y sucumbió.

Fue llevado preso hasta el barco español, el capitán, de apellido Borgotia, lo lanzó al agua. Los tiburones lo devoraron. No se volvió a saber más del capitán inglés.

FIN

Por Francisco Bermúdez Guerra
Escrito el 19 de noviembre de 2.010.
All rights reserved.

Cuento No. 22: "El guerrero Xaeibr"

En una montaña, Xaeibr preparaba el combate, sería breve pero letal. Contaba con mil hombres, quienes portaban espadas y lanzas. En el valle, el general Suizt animaba a sus tropas, no podían dejar pasar a su oponente.

Llegó la noche, era la señal. Xaeibr empujó el ataque. Sus mil hombres se encaminaron al combate, las tropas de Suizt no esperaban la arremetida, sin embargo, se defendieron.

La batalla fue sangrienta, a pesar de la oscuridad los hombres entraron en un fragor incontenible. Xaeibr hirió a varios, mató a otros, pero sólo le interesaba encontrar a Suizt.

A medianoche la batalla cesó, lo pocos que oponían resistencia se rindieron. Suizt se encontraba dentro de los soldados depusieron las armas.

Xaeibr estaba herido, una lanza había penetrado su pierna, sin embargo, no revistió peligro.

Suizt y sus mil quinientos hombres habían perdido. Ahora Xaeibr podía invadir la ciudad.

Al amanecer se pudo constatar el rigor de la batalla. Las aves ya hacían de las suyas con los cadáveres.

Trescientos hombres habría perdido Xaeibr, lo cual le hizo más difícil la tarea de invadir la ciudad. Muchos también estaban heridos.

"No hay otra opción" pensó el guerrero, era en ese momento o nunca. La ciudad estaba rodeada por una fortaleza. vigilada por doscientos hombres, quienes habían sido notificados de la derrota de Suizt.

Xaeibr organizó la tropa y sin más preámbulos marchó hacia la ciudad. Al llegar encontró resistencia, no hubo sorpresa en su ataque, así que esperó.

Durante una semana Xaeibr no dejó entrar  ni salir a nadie de la urbe. Sus hombres estaban impacientes. Al noveno día, el guerrero ordenó un ataque masivo a pleno sol. La ciudad se defendió admirablemente y acabó con las tropa de Xaeibr.

El guerrero fue apresado y llevado ante el rey. El monarca lo humilló y ordenó a sus guardias que lo mataran. Xaeibr había dejado un grupo de hombres en las montañas, quienes bajaron secretamente hasta la ciudad y liberaron al guerrero antes de ser ajusticiado.

FIN

Cuento No. 21: "El guerrero Fendeira"

Al salir de una heladería recibió un disparo en el pecho. Fendeira no alcanzó a sacar su revólver, cuando una ráfaga atravesó su camisa y su cuerpo. Oyó otros disparos, sus guardaespaldas habían reaccionado. Sin embargo, Fendeira perdió el conocimiento.

Se despertó en una clínica, su esposa le apretaba una mano. Los médicos le dijeron que estaba vivo de milagro. Llevaba muchos años como policía, ahora tenía un alto cargo, pero su trabajo era peligroso. 

Fendeira permaneció dos meses en el hospital, a prendió a jugar ajedrez, y su esposa le llevaba peras y fresas. Los médicos le advirtieron sobre la gravedad de sus heridas. Una bala le había rozado el corazón, y otra se había alojado en el hombro izquierdo.

Al salir de la clínica Fendeira volvió a su casa, y fue notificado de su retiro de la Policía. El anuncio lo tomó por sorpresa, pero era normal, su vida corría peligro.   

Fue recibido en Austria, como un ex policía, pero tampoco era diplomático, no quiso un nombramiento de ese estilo. Viena era una ciudad que se podía conocer en un día. El guerrero leyó todos los libros que pudo, jugó innumerables partidas de ajedrez, y compró todos los discos de Mozart.

Su esposa había escogido Austria, era un país tranquilo, no muy poblado, y muy bonito. Sus dos hijos entraron a estudiar en un colegio muy exclusivo de Viena.

El guerrero Fendeira entró en un severo aburrimiento, su vida eran las calles, perseguir maleantes, atender tiroteos. Así que volvió a su país, a su ciudad, donde lo habían herido. El sabía que quien lo había mandado matar era un famoso hampón llamado Enrique. El hampón solía robar tiendas y joyerías, de hecho, su banda se especializaba en eso.

Fendeira decidió buscar a Enrique, y lo encontró. Sentado cómodamente en una peluquería, haciéndose la manicure.

- ¡Coronel! ¡Qué gusto verlo!- dijo Enrique al ver que Fendeira entraba.

El guerrero se aproximó a Enrique, se alzó una camiseta que llevaba, y le mostró las dos cicatrices que había en su pecho.

El hampón sin conmoverse desvió la mirada hacia la manicurista.

Fendeira se acomodó en una silla y sacó su revólver. Lo puso entre las piernas.

Enrique dibujó una sonrisa tímida en sus labios. La manicurista le dijo al guerrero: "Señor guarde esa arma por favor".

Fendeira hizo caso omiso de las palabras de la mujer, a cambio de eso, se acercó con el arma hasta muy cerca de donde estaba Enrique.

El hampón impertérrito sonrió sin disimular. La manicurista se paró de su silla, y fue a buscar un teléfono.

- Si me mata acá se va para la cárcel - dijo Enrique.

- No me importa.

La manicurista llamó a la policía. No se acercó a los dos hombres.

En ese momento entraron dos secuaces de Enrique, uno era rubio y de baja estatura, el otro era de cabello negro muy largo. Apuntaron sus armas contra Fendeira.

- ¡Tranquilos muchachos, no pasa nada! - dijo Enrique. Sin embargo, los dos hombres no bajaron sus armas.

- ¡Si quieren pelear háganlo afuera! - gritó la manicurista,

Fendeira acercó el arma hasta ponerla al frente del rostro de Enrique.

- Ahora te crees muy macho, pero huiste - dijo Enrique.

- Pero volví para joderte.

La manicurista salió del lugar, y corrió.

Los dos secuaces de Enrique se acercaron hasta Fendeira, no dejaban de mirarlo.

A la distancia se escuchó una sirena, Fendeira apretó el gatillo y Enrique cayó al suelo.

Los hampones dispararon contra Fendeira, quien también cayó al suelo.

Al tratar de huir, los secuaces de Enrique fueron arrestados. La manicurista desapareció. El guerrero Fendeira murió en ese momento, como Enrique.

FIN

Por Francisco Bermúdez Guerra
Escrito el 27 de octubre de 2.010.
Todo lo anterior es ficción, cualquier parecido con la realidad es coincidencia.
All rights reserved.

Cuento No. 20: " El guerrero Duerbii"

En un castillo vivía un rey. El castillo era inmenso, y había sido construido en treinta años. El rey era un letrado, leyó muchos libros a lo largo de su vida. Sin embargo, ninguno de sus cuatro hijos heredó la cultura de su padre. Eran unos rufianes que se le peleaban por heredar  el reino y sus riquezas. El rey tuvo un hijo con una de las sirvientas del castillo, de manera clandestina. El hijo se llamó Duerbii. El rey ocultó a su hijo ilegítimo con unos soldados, ellos fueron quienes lo criaron. Al morir el rey, los cuatro hijos rufianes desmembraron el reino y se repartieron las tierras. El castillo le fue concedido al hijo mayor,  pero también le correspondieron menos tierras.
Duerbii, al convertirse en un joven adolescente, y por haber crecido entre soldados, llegó a ser un fiero guerrero. El nuevo monarca del inmenso castillo lo nombró su guardia de protección personal, sin saber la relación que los unía.
El rey era corrupto, y el castillo se llenó de jugadores, prostitutas, y borrachos. Duerbii no soportó ver la decadencia del reino, y prefirió partir hacia una isla llamada Thatigruten.
Después de varios meses de viaje, Duerbii llegó a la isla. Se sorprendió al ver las enormes construcciones que había en el lugar. El rey de la isla era muy gordo, vestía una túnicas de colores exhuberantes. Inmediatamente se hizo amigo de Duerbii, y lo nombró protector de Thatigruten.
Duerbii se casó con una de la hijas del rey, y al morir éste se convirtió en el nuevo monarca de la isla.
Thatigruten prosperó, y sus soldados tuvieron la mjor formación. Los cuatro reyes corruptos se enfrentaron entre sí, y se autodestruyeron. Duerbii aprovechó que esas tierras se habían quedado sin dueño y sin conducción, por eso decidió invadirlas con su ejército. De esa forma Duerbii se convirtió en el monarca más poderoso por aquellos tiempos.

Fin

Por Francisco Bermúdez Guerra.
Escrito el 15 de octubre de 2.010.
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Cuento No. 18: "El oso gladiador"

En una región muy lejana vivía un oso. Su nombre era Kaorr. El oso era muy grande, y muy fuerte. A Kaorr le gustaba mucho el chocolate y los melocotones. Un día, el oso decidió competir por un premio muy grande: una docena de chocolatinas, para poder acceder a éstas debía participar en un concurso de gladiadores.

Habían vacas, burros, caballos, perros, hipopótamos, y otra cantidad de animales, listos para participar en la competencia.

Kaorr era el único oso. La primera pelea del oso fue con un caballo, llamado Korzino. Después de varios minutos donde se dieron muchos golpes, mordiscos y aruñetasos, el caballo se rindió, y Kaorr ganó la pelea. Así pasó con todos los animales, y Kaorr obtuvo el gran premio. Sin embargo, debido a la nobleza de su carácter, Kaorr decidió compartir sus chocolatinas con el resto de los animales, quienes muy felices comieron el dulce.

Kaorr se volvió famoso, era un gladiador muy fuerte. Participó en varios torneos de gladiadores, hasta que su fama lo llevó a pelear con el gran Omirón, un gorila enorme que se consideraba el mejor gladiador del mundo.

Omirón era muy fuerte, y muy agresivo, y tenía fama de gruñón y malgeniado. El pobre Kaorr no tenía opción con ese gorila.

En un gran estadio se llevó a cabo la pelea. Omirón contaba con muchos hinchas, en cambio Kaorr no tenía muchos seguidores.

Omirón era de pelaje negro, rudo y fuerte. Kaorr sintió miedo, pero debía enfrentarse al gorila por el premio: tres toneladas de melocotones.

Omirón lanzó un golpe a Kaorr en la cara, éste cayó al suelo inmediatamente, el gorila aprovechó su indefensión y le propinó una patada, después un golpe en la cara, y por último se le lanzó encima.

Kaorr quedó inconsciente, el juez de la pelea ya iba a dar como ganador a Omirón, pero, de un momento a otro el oso se recuperó, tambaleándose acercó a Omirón, quien sonrió al ver al oso tan débil. Kaorr aprovechó la confianza del gorila y le mandó un puñetazo, Omirón se tambaleó igualmente, y cayó al suelo muerto.

Kaorr fue proclamado ganador, le dieron las tres toneladas de melocotones y fue feliz.

El gorila Omirón ya no estaba para asustar a los animales. Kaorr repartió su premio con los otros habitantes del bosque donde vivía, y fue feliz.

El oso no quiso aceptar más peleas, desde ese momento no hubo más animales gladiadores.

FIN